Carlos Julio Pino

Acerca de Carlos Julio Pino

Carlos Julio Pino es ingeniero de sistemas y amante de la ciencia. Divide su tiempo entre la dirección de una empresa de tecnología, la lectura y la divulgación de su pasión a través del blog Sobre Hombros de Gigantes. También se desempeña como coordinador regional para latinoamérica de la Fundación Richard Dawkins para la Razón y la Ciencia.

Aquí hay dragones

Portada Libro El Hobbit. Crédito: John Howe.

Portada Libro El Hobbit. Crédito: John Howe.

Según cuentan las leyendas, o al menos el trabajo magistral del escritor británico J.R.R. Tolkien, los dragones son criaturas extremadamente astutas, viciosamente avaras, celosas hasta de la última moneda que han logrado acumular en sus enormes pilas subterráneas. A pesar de que gozan de una inteligencia aguda y gran elocuencia en el diálogo, sería un error inocente pensar que las bestias han obtenido estos tesoros gracias a su ánimo trabajador, o el intercambio honesto de bienes con conocidos y asociados. Todo lo contrario, pues una de las características más comunes de estos lagartos –ya sean alados o serpentinos, moradores de las cuevas o las profundidades del océano– es que derivan un gozo malévolo a partir del robo y la injuria a terceros. En efecto, ningún dragón conocido ha fundido el material necesario para fabricar ni un anillo de cobre, pero vaya que son buenos contando la riqueza que han robado violentamente a sus víctimas, y protegiendola luego de quien ose acercarse. Considerando su piel dura como escudos de metal, sus dientes filosos como espadas, sus garras largas como lanzas, sus alas fuertes como huracanes y su feroz aliento incendiario, parece poco recomendable invocar la ira de estos reptiles gigantes. En más de una forma, su estructura imponente representa todo aquello que no podemos controlar: la oscuridad y la muerte, la tormenta y el volcán, el poder bruto de la naturaleza que tanto intimidaba a nuestros ancestros.

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La mejor parte de Pi

circleSi gozaras de un pulso mucho más firme del que efectivamente tienes, y te dispusieras a dibujar círculos en una hoja a modo de pasatiempo, todas tus obras terminarían siendo un ejemplo perfecto de la celebrada proporción π (pi). No importa si tu círculo tiene 10 centímetros o 10 años-luz de diámetro, si lo has dibujado correctamente, la extensión total de su circunferencia será siempre unas 3,14 veces su diámetro. Esta es una realidad geométrica intrínseca a la forma redonda, y uno de los números más importantes y persistentes en los razonamientos matemáticos. Tan fundamental es esta relación que incluso nuestras sociedades más antiguas la daban ya por cierta –evidenciado por papiros y tablas de arcilla de la era– y estimaban el valor de la constante con menos de 1% de diferencia con la realidad. Desde muy temprano en nuestra historia, el número π ha estado entre nosotros, no como una característica nativa del universo –como lo sería la velocidad de la luz– sino como un concepto; una noción ideal inventada por el ser humano para hacer sentido del cosmos. Sigue leyendo