¿Deberíamos responder a un “saludo” interestelar?

Las relacciones sociales interestelares siempre son difíciles

Imagine que mañana está navegando por su página web de noticias científicas favorita para ver los titulares que anuncian la detección de una señal de radio que nos llega de una civilización extraterrestre.

¿Imposible? En realidad, no.

Sí, es cierto que, en los últimos cincuenta años, alrededor de un centenar de programas SETI (Search for Extra-Terrestrial Inteligence, o “búsqueda de inteligencia extraterrestre”) han resultado infructuosos. Sin embargo, la veterana científica de SETI Jill Tarter ha señalado que, en términos de volumen de la Vía Láctea, tan solo hemos investigado el equivalente a un vaso de café del “Starbucks” en comparación con el volumen de todos los océanos del planeta Tierra. Una galaxia dentro de un gran espacio. O, como dijo el ensayista escocés del siglo XIX Thomas Carlyle, potencialmente un “triste espectáculo… para la miseria y la locura”

Asumiendo la existencia de otras civilizaciones tecnológicas en nuestra galaxia, y asumiendo también que algunas de ellas intenten comunicarse a través de transmisiones de radiofrecuencia, detectar una señal alienígena será entonces solo cuestión de “cuando”, no de “y si…”

Por ejemplo, el proyecto para el radiotelescopio en red de un kilómetro cuadrado que está siendo construido por un consorcio internacional podría detectar una poderosa señal pulsante en cualquier punto de la galaxia. Pero dichas señales “inteligentes” podrían simplemente verse obviadas si se interpretasen como las pulsaciones anómalas de una estrella de neutrones.

Sin embargo una transmisión inequívocamente artificial debería, tarde o temprano, aparecer. Toda vez que la impresión y el temor inicial de darnos cuenta de que no estamos solos en el universo se haya normalizado, habrá un intenso debate sobre si deberíamos o no mandar una respuesta a los alienígenas.

Pero… ¿quién habla en nombre de la Tierra?

John Billingham del Instituto SETI y James Benford del departamento de Ciencias de Microondas en la Universidad de Lafayette, California, dicen que para anticiparse a ese momento tan “The day the Earth stood still”[1], necesitamos establecer un congreso internacional YA, en donde se alcance un consenso sobre la conveniencia o no de responder a los extraterrestres y cómo hacerlo.

Para ello, ambos científicos contemplan la demora de cualquier difusión METI (Message to Extra-Terrestrial Intelligence, o “mensaje con destino a una inteligencia extraterrestre”) hasta que tal discusión tenga lugar.

Todo lo que se ha transmitido a las estrellas desde la Tierra, hasta ahora, ha sido bastante inocuo: melodías musicales interpretadas en un theremin [2], saludos bilingües en ruso e inglés codificados en binario, archivos de mensajes de texto similares a los de Facebook y jeroglíficos modernos.

A primera vista, creo que la preocupación por hablar con los extraterrestres es un tanto melodramática considerando que su señal podría probablemente provenir de centenares o incluso miles de años-luz de distancia. Guste o no, el tamaño de nuestra galaxia impone unas tarifas de comunicación muy costosas que hacen inviable que los extraterrestres vayan a establecer una conversación a dos bandas con nosotros. A menos claro que el sueño de la ciencia-ficción de la “comunicación subespacial” más rápida que la luz pueda llevarse a cabo. Lo paradójico en este caso sería que se recibiría una respuesta extraterrestre antes de haber transmitido la pregunta.

Igualmente melodramático es la preocupación acerca de que una transmisión desde la Tierra pudiera poner en peligro a nuestra especie. El astrofísico Stephen Hawking nos dio unos cuantos titulares a nivel mundial el año pasado cuando advirtió que el contacto con alienígenas podría ser peligroso.

Hawking citó ejemplos antropológicos en donde una cultura avanzada se encontraba de pronto con una cultura inferior. Sin embargo esta idea es terriblemente simplista si la aplicamos a mentes alienígenas evolucionadas bajo soles alienígenas.

Hawking no sabe nada más sobre las mentalidades ni las costumbres de civilizaciones extraterrestres que lo que cualquier otra persona en este planeta sabe. Es ingenuo pensar que pudieran ser belicosos, tanto como pensar que pudieran ser altruistas.

Mi mejor suposición es que los extraterrestres son, al menos, curiosos — o de lo contrario no se pulirían su presupuesto científico en la construcción de un transmisor. Pero “curiosos” de un modo distante, del mismo modo que H. G. Wells describió a los marcianos de su clásico libro de 1898 “La Guerra de los Mundos”, en donde poseían mentes “vastas, frías e indiferentes”.

Finalmente, me parecería discutible el hecho de que alguna civilización curiosa ya sepa que estamos aquí solo con ver pasar la Tierra frente al Sol, del mismo modo que el observatorio espacial Kepler de la NASA está haciendo ahora en su búsqueda de clones de la Tierra por toda la galaxia.

Los astrónomos alienígenas que no sean mucho más avanzados tecnológicamente que nosotros pueden haber “olido” espectroscópicamente la atmósfera de la Tierra y haber concluido que se trata de un planeta lleno de vida — especialmente de vacas contaminantes productoras de metano.

Observaciones de alienígenas más avanzados podrían medir el resplandor de las luces de nuestras ciudades en la cara nocturna de nuestro planeta. Y, con una monstruosa red de antenas de radio del tamaño de Chicago podrían haber ya cogido el débil susurro de las señales de televisión, radio y radar que se filtran desde nuestro planeta.

Tengan en cuenta que este postrero experimento solo puede funcionar a un rango de varias docenas de años-luz — la “longitud” de tiempo en la que nuestra civilización ha tenido telecomunicaciones. Por otro lado esas señales que se escapan de nuestro planeta se vuelven tan débiles y alteradas que pronto se pierden en el ruido galáctico de las señales de radio. Sería como intentar oír el sonido de la caída de un penique en la abarrotada terminal de un aeropuerto.

Por último, si los extraterrestres tuviesen las mismas preocupaciones que tienen Billingham, Benford y Hawking, entonces quizá nadie esté transmitiendo nada y todos estemos simplemente escuchando esa nada.

Dicho esto, uno de aquellos mensajes de texto[3] que ahora se dirige a las estrellas reza:

“Estáis cordialmente invitados a una barbacoa interplanetaria a las 6:00 p.m. el 4 de Octubre del 2452 en mi casa. Traed cervezas y carne. Responded, por favor.”

Notas del traductor:
[1] Película estadounidense de ciencia-ficción de 1951, con un remake realizado en 2008, en donde tiene lugar un eventual primer contacto con un ser alienígena inteligente. Fue conocida como “Ultimátum a la Tierra” en España, o “El día que la Tierra se detuvo” en latinoamérica.
[2] Un theremin es un instrumento musical electrónico que emite sonidos parecidos a la voz humana. Fue creado a principios del siglo XX por el físico e inventor ruso Lev Serguéievich Termen, de cuyo nombre afrancesado (León Thérémin) surgió también el nombre de esta curiosa invención, uno de los primeros instrumentos musicales de la historia puramente electrónicos. En este enlace se puede ver al invento y al inventor.
[3] La página web Hello from Earth, de la revista “Cosmos” pone a disposición de la gente un servicio de mensajería por radio-frecuencia al planeta Gliese 581d.

Fuente: Discovery News

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Daniel Alcalá Esteban

Acerca de Daniel Alcalá Esteban

Desde muy pequeño se sintió atraído por… la mitología. En su juventud leyó docenas de mitos y leyendas antiguas y aunque lo llamasen “raro” por preferir aquello a un buen partido de fútbol, siempre disfrutó de estas lecturas. Una noche cualquiera miró al cielo nocturno y se dio cuenta de que había estrellas (cosa más difícil de lo que parece en un lugar como Madrid). Recordó entonces la estrecha relación que el cielo nocturno guardaba con todas esas historias. Hoy en día navega entre las opuestas corrientes de la ciencia y la mitología.