Aquí hay dragones

Portada Libro El Hobbit. Crédito: John Howe.

Portada Libro El Hobbit. Crédito: John Howe.

Según cuentan las leyendas, o al menos el trabajo magistral del escritor británico J.R.R. Tolkien, los dragones son criaturas extremadamente astutas, viciosamente avaras, celosas hasta de la última moneda que han logrado acumular en sus enormes pilas subterráneas. A pesar de que gozan de una inteligencia aguda y gran elocuencia en el diálogo, sería un error inocente pensar que las bestias han obtenido estos tesoros gracias a su ánimo trabajador, o el intercambio honesto de bienes con conocidos y asociados. Todo lo contrario, pues una de las características más comunes de estos lagartos –ya sean alados o serpentinos, moradores de las cuevas o las profundidades del océano– es que derivan un gozo malévolo a partir del robo y la injuria a terceros. En efecto, ningún dragón conocido ha fundido el material necesario para fabricar ni un anillo de cobre, pero vaya que son buenos contando la riqueza que han robado violentamente a sus víctimas, y protegiendola luego de quien ose acercarse. Considerando su piel dura como escudos de metal, sus dientes filosos como espadas, sus garras largas como lanzas, sus alas fuertes como huracanes y su feroz aliento incendiario, parece poco recomendable invocar la ira de estos reptiles gigantes. En más de una forma, su estructura imponente representa todo aquello que no podemos controlar: la oscuridad y la muerte, la tormenta y el volcán, el poder bruto de la naturaleza que tanto intimidaba a nuestros ancestros.

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