Una nueva estrella

Nebulosa del Cangrejo (M1). Créditos: NASA

Aproximadamente en el año 5200 aC tuvo lugar una violenta explosión en la constelación de Taurus. Unos 6.300 años después, concretamente en el año 1054 dC llegó a nuestro planeta la luz de aquel estallido. ¿Qué sucedió? En el cielo apareció una luminaria que competía en brillo con la propia Luna.

Según las anotaciones de astrónomos tanto chinos como árabes, esta “nueva estrella” se pudo ver a pleno día durante 23 días y 653 noches. Pasado este tiempo, desapareció a la vista de unos ojos desnudos.

En norteamérica, los indios Anasazi también observaron aquel brillo extraordinario. Estaban siendo testigos de algo inusual, aquello les pareció un suceso misterioso y la forma que tuvieron de inmortalizarlo fue tallándolo en piedra.

La nueva estrella que pudieron observar tanto los indios Anasazi como los astrónomos árabes y chinos no fue otra cosa que la explosión de una estrella en forma de supernova.

Durante más de 600 años no se volvió a tener noticias de este evento. Fue en 1731 cuando John Bevis la volvió a observar, ya no como una estrella brillante, sino como los restos de una supernova. Unos años después, en 1758, Charles Messier se topó con ella mientras estudiaba un cometa, y como esta nebulosidad tenía cierto aspecto cometario, tuvo una idea: hacer un catálogo con cuerpos de aspecto nebular que pudieran ser confundidos con cometas, siendo esta remanente de supernova la que encabezaba la lista: M1 o nebulosa del cangrejo.

En el centro de M1 todavía queda el resto moribundo de la estrella en forma de púlsar (PSR0531+121), esto es, una estrella de neutrones girando a gran velocidad y emitiendo dos haces de radiación electromagnética a modo de faro cósmico girando 30 veces por segundo. Cuando se descubrió este púlsar se pudo relacionar por primera vez este fenómeno con el de las explosiones de supernova.

Estos sucesos vierten al espacio interestelar átomos pesados y, aunque cueste creer, el oro y la plata de las joyas o el mercurio de nuestros termómetros, se formó en una explosión de supernova. Elementos químicos más ligeros que el hierro, como el carbono, hidrógeno o nitrógeno de nuestros cuerpos se formaron en estrellas que explotaron como supernova, haciendo que estos elementos se expandieran por el Universo y pasasen a formar parte de otra nebulosa que formó nuestro Sistema Solar y por supuesto, a nosotros. Como dijo Carl Sagan con toda razón: “somos polvo de estrellas”.


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